La investigación científica está en constante evolución. Cambian las tecnologías, aparecen nuevas metodologías y también evoluciona nuestra manera de entender la utilización de animales con fines científicos.
En este proceso existe un principio que desde Realojo Beagles consideramos especialmente importante: las 3Rs —Reemplazo, Reducción y Refinamiento—.
El Reemplazo persigue desarrollar y utilizar métodos que permitan evitar el uso de animales cuando sea científicamente posible. La Reducción busca obtener resultados sólidos utilizando el menor número necesario de animales. Y el Refinamiento trata de mejorar los procedimientos y las condiciones en las que se encuentran los animales, reduciendo al máximo el impacto sobre ellos.
Las 3Rs no son únicamente una reivindicación de las organizaciones de protección animal. Forman parte del marco europeo de investigación y del trabajo cotidiano de investigadores, veterinarios, responsables de bienestar animal, organismos reguladores y centros de investigación.
En los últimos años estamos asistiendo además a un enorme desarrollo de nuevas metodologías: modelos celulares avanzados, organoides, órganos-en-chip, herramientas computacionales, inteligencia artificial y modelos in silico que permiten abordar determinadas preguntas científicas de formas que hace unos años eran difíciles de imaginar.
Su incorporación a la investigación requiere desarrollo, validación y, en determinados ámbitos, aceptación regulatoria. Por eso la transición no sucede de un día para otro.
Desde Realojo Beagles creemos que reconocer esta complejidad no es incompatible con tener una aspiración clara: que el avance científico permita utilizar cada vez menos animales y que, cuando su utilización siga siendo necesaria, se continúe avanzando en reducción y refinamiento.
Y creemos también que existe otra pregunta que merece formar parte de esta evolución: qué sucede con aquellos animales que pueden tener una vida después de su participación en investigación.
Ahí aparece el realojo.
Nuestra experiencia nos ha enseñado que investigadores, veterinarios, cuidadores, centros y entidades de protección animal no tenemos necesariamente que situarnos en lugares enfrentados.
Podemos compartir objetivos.
Podemos impulsar nuevas metodologías. Podemos trabajar para reducir el número de animales utilizados. Podemos mejorar sus condiciones. Y podemos colaborar para que aquellos que puedan ser realojados tengan la oportunidad de comenzar una nueva etapa.
Quizá una ciencia en evolución sea precisamente eso: una ciencia capaz de seguir avanzando y, al mismo tiempo, seguir preguntándose cómo puede hacerlo mejor.